«El Parque Mora y Cañas» no es un parque

«El Parque Mora y Cañas» no es un parque

mayo 4, 2018 1 Por Puntarenas Pura Vida

El Parque Mora y Cañas es un punto de suma importancia para Costa Rica, y también de gran orgullo para la provincia de Puntarenas. La explanada de este parque posee una gran reseña histórica debido a que fue en este sitio donde fusilaron los personajes Juan Rafael Mora Porras y José María Cañas Escamilla.

Photographer: Arnulfo Lopez Sequeira

Todos los años los puntarenenses conmemoran el fusilamiento del ex presidente Juan Rafael Mora Porras y del General José María Cañas Escamilla, cada 30 de Setiembre. Estos, considerados héroes de la Patria, fueron figuras centrales durante la guerra contra los filibusteros, acontecida entre 1856-1857, tanto uno como otro habían establecido vínculos muy estrechos con Puntarenas. Don Juanito, cómo le decían de cariño, fue uno de los cafetaleros más importantes en su época, y tenía su firma de negocios en este Puerto.

Photographer: Teto Herrera

Debido a los conflictos de la época fueron fusilados: Juanito Mora, el 30 de septiembre de 1860 y el General Cañas, el 2 de octubre de 1860, en el lugar que hoy conocemos como el Parque Mora y Cañas, y que actualmente tiene la Declaratoria Patrimonial desde el día 4 de abril de 1975.

Acta de declaracion de patromonio

El Parque Mora y Cañas no es un parque más, pues no fue construido con fines recreativos u ornamentales. Tampoco fue concebido para correteos ni fanfarrias. Está cargado de memoria y simbolismo, y es un sitio más bien para meditar y, en profundo silencio solo perturbado a veces por el rumor del mar, acercarse a la historia y al alma de la patria.

Photographer: Teto Herrera

Frente a una baja muralla de piedra sobresale una columna decapitada -la patria, cabe pensar, en cuyo pie una grande y hermosa placa de mármol dice: “A la memoria de los Beneméritos de la Patria, generales Juan Rafael Mora y José María Cañas, muertos en este lugar el 30 de setiembre y 2 de octubre respectivamente del año 1860. La juventud y los obreros de Costa Rica les tributan este homenaje. 8 de diciembre de 1918”.

Photographer: Teto Herrera

Asimismo, en plena vista de izquierda a derecha, levemente hacia adelante, sobre sendos pedestales con grandes placas metálicas reposan los bustos de los homenajeados; éstos fueron colocados muchos años después, en 1960, por la Municipalidad de Puntarenas, en conmemoración del centenario de su asesinato.

Photographer: Teto Herrera

Photographer: Teto Herrera

Photographer: Teto Herrera

Photographer: Teto Herrera

Predio en el que antaño hubo varios grandes árboles de jobo (Spondias mombin), y denominado por ello Los Jobos, ahí se inauguró el actual Parque Mora y Cañas el 8 de diciembre de 1918, un mes después de concluida la Primera Guerra Mundial. En tan significativo acto intervino con un lúcido y conmovedor discurso el Lic. Alejandro Alvarado Quirós quien años después sería el primer rector formal de la Universidad de Costa Rica, a petición de las hijas de Don Juanito; este distinguido abogado casó con doña María Eugenia Piza Chamorro, sobrina-nieta del prócer.

Historia

Coleccion de ayer y hoy: Arnulfo Lopez Sequira

En El Puerto, ese parque cercano al estero no es un parque cualquiera. Porque en ese sitio exacto, en setiembre y octubre de 1860 se enlutó la patria para siempre, cuando el arenoso suelo se tiñó con la valerosa y generosa sangre desafiante e invicta en la guerra previa contra los esclavistas filibusteros de dos de sus mejores hijos.

Desde su exilio en El Salvador, tierra natal de Cañas, fueron llamados casi con un ultimátum de sus supuestos partidarios. Pero entre algunos de ellos habían calado para entonces sentimientos y vicios de la más baja ralea, como la delación, la traición y el manoseo de dinero perteneciente al movimiento morista; sus nombres constan en documentos históricos. Irónicamente, uno de ellos incluso terminó integrando el truculento tribunal que decretaría el fusilamiento de ambos.

Es decir, era un ultimátum con olor a muerte. Cañas había recomendado a su cuñado ignorar ese llamado, pero don Juanito era un hombre de palabra y sintió que era ineludible acudir. Urgía llegar. Sin más tiempo que perder abordaron el “Columbus”, un vapor comercial de bandera estadounidense que recorría los puertos centroamericanos. Iban acompañados por el general José Joaquín Mora, el abogado Manuel Argüello Mora, el coronel Francisco Sáenz Guatemalteco que era miembro del ejército salvadoreño, Clodomiro Montoya, Antonio Argüello y cuatro criados.

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Cuando arribaron, a eso de las 8:00 am. del 17 de Setiembre de 1860, ya Puntarenas estaba en manos de los insurgentes, liderados por el chileno Ignacio Arancibia. Recibidos con alegría por la población, que tanto los quería Cañas había sido un notable Gobernador de dicha comarca, y don Juanito le había elevado su estatus de comarca a ciudad en setiembre de 1858, pronto el alto mando establecía su cuartel en la casa del español Ceferino Rivero Ibarra.

Pero, también, muy pronto aflorarían los fracasos, los cuales están pormenorizadamente narrados en los libros “La trinchera y otros relatos”, de Argüello Mora testigo de excepción y “Dr. José María Montealegre”, de don Carlos Meléndez. De hecho, la delación permitió al gobierno actuar con presteza para evitar levantamientos en el interior del país, impedir el flujo de refuerzos hacia Puntarenas y enviar un contingente de mil soldados para aniquilar a los sublevados, que quedaron apresados en esa lengüeta de tierra que es Puntarenas.

Aislados y sin salida alguna dentro de esa “ratonera”, a los moristas no les quedaba más que resistir, en una cuenta regresiva que, con la rápida pérdida de sus posiciones en el río Barranca y el ulterior baño de sangre en la trinchera artillada que había sido construida en La Angostura, culminaría con la captura de sus líderes.

Derrotado, abatido y solitario, don Juanito buscó asilo en la casa del cónsul inglés Richard Farrer, quien se lo negó reiteradamente. Al clarear el 30 de setiembre se apersonó ahí el comisario gubernamental Francisco María Iglesias enemigo jurado suyo, con quien había accedido a conversar, persuadido por Farrer. Dialogaron a solas durante una hora de espesos silencios para, al final, aceptar la muerte en el patíbulo, pero con la condición de que ninguno de sus colaboradores fuera asesinado. Le hicieron un juicio sumario, pues urgía ultimarlo, y ya a las tres de la tarde de ese día caía acribillado frente a un árbol de jobo, al igual que Arancibia.

Photographer: Teto Herrera

Photographer: Teto Herrera

Photographer: Teto Herrera

Planos

Recuerdo de agradecimiento de las familias Mora y Cañas, Puntarenas. 1918.

En el parte remitido a sus jefes, Iglesias indicó que “Juan Mora murió con dignidad y valor”. Pero olvidó consignar que también lo hizo como un hombre honorable y de buena fe, que murió engañado, pues dos días después Cañas resultaba fusilado en el mismo sitio, por orden del gobierno golpista de José María Montealegre, cuñado de don Juanito, por cierto. Deshonra y cobardía, pues, aparte de que enlutaron la patria, mancillaron la palabra empeñada y el honor.

Insatisfechos con tanto oprobio, evitaron darles un entierro respetuoso, aunque fuese modesto. Dejaron sus cadáveres tirados, para que una multitud sedienta de venganza contra los moristas los lanzara al estero y los devoraran los tiburones. El magnánimo cónsul francés Juan Jacobo Bonnefil impidió más barbarie, y los trasladó y enterró en el rústico panteón del estero, entre los manglares; años después exhumaría los restos, los conservaría consigo, y los entregaría a los deudos de ambos, para que los sepultaran dignamente en el Cementerio General de la capital.

Tras su vil asesinato, con los días sobrevendría el dolor de sus familias, agravado porque tanto doña Inés como doña Guadalupe estaban embarazadas (en cinta como se decia en aquellos tiempos). Dos meses y medio después, a mediados de diciembre nacían en San Salvador Juana Rafaela (Juanita) Mora Aguilar y su prima Adelaida (Adela) Cañas Mora. ¡Curiosidades del destino! Ello ocurrió con dos días de diferencia, es decir, el mismo intervalo entre la muerte de sus respectivos progenitores. Además, en ese crudo Diciembre de padres ausentes, murió el general José Joaquín Mora; a pesar de que hizo rendirse a William Walker, su bravío corazón no pudo soportar tanta pena.

Redacción: Nestor Antonio Herrera Montoya

Edición: David Trejos Corrales

Agradecimiento: Biblioteca Publica de Puntarenas

Fuentes: http://www.elpais.cr / Luko Hilje Quirós